Piedra y Piel

Piedra y piel

Marc Barrio


Era un agradable día de primavera en el que la humedad y el calor habían pactado una tregua con los habitantes de la ciudad, lo cual permitió a Diana subir la avenida, a la sombra de los plataneros, y llegar a la puerta del taller sin que su fina blusa quedara empapada. Aquel insignificante detalle de comodidad le hizo pensar que la reunión sería provechosa. Esperanzada, golpeó la persiana metálica del taller con los nudillos. La hoja de metal tañó entre las guías como una campana desafinada. Tras tres golpes, Diana comprobó si se había manchado la mano con el descolorido grafiti de la persiana o con la película de mugre que la cubría; en los nudillos encontró unas finas líneas negras que dibujaban las grietas de su piel, sacó una toallita de limón del bolso y se limpió con cuidado. La puerta lateral se abrió antes de que terminara la tarea.

—¿Quién es? —preguntó Miguel asomando la cabeza al exterior. Despeinado y sin afeitar, las ojeras le afeaban el rostro, y tenía las mejillas hundidas como si llevara días sin comer.

—Me alegro de verte, Miguel —dijo Diana. Los años de comercial y representante le habían enseñado a modelar una voz tan falsa como cordial y despreocupada—. ¿Te acuerdas de nuestra reunión?

—¡Claro que me acuerdo! Pasa.

Diana entró en el taller. Una nube de polvo flotaba en el amplio espacio. Un tragaluz arrojaba una columna de sol sobre el suelo de cemento y baldosas rotas. Las paredes lucían el mismo aspecto desastroso, de ladrillo visto y azulejos reventados a mazazos. Los restos de toda aquella destrucción moraban por el suelo con el resto de la inmundicia; rocas y cascotes, cubos de fregar con rebabas de argamasa y arcilla, martillos rotos, cinceles oxidados, envoltorios de comida para llevar, botellas de agua de las que ni siquiera un náufrago bebería y una maceta con una planta tan seca que no era más que polvo. Diana no mostró signo de sorpresa alguna. Había pedido a Miguel que adecentara el taller en varias ocasiones, pero nunca le hizo caso. En el fondo creía que era mejor así; a los mecenas todo aquel caos les resultaba atractivo, un paseo por la desequilibrada mente del artista; una excursión incluida en el precio.

Miguel se sentó en el escritorio, tiró a Graba, su gordísima gata, al suelo y revolvió los papeles que envolvían la mesa. Diana tuvo el impulso de colocar el bolso en algún lugar, pero el polvo relucía por encima de cada superficie y decidió dejarlo colgado de su hombro. Se fijó en que había muchas más runas que la última vez.

—¿Has destrozado otro trabajo? —inquirió.

—¿Qué más da? —Miguel encontró el sobre de tabaco y se lio un cigarro. Tenía las manos grises y agrietadas como si fueran de cemento viejo.

—Claro que importa. ¿Cómo voy a vender tu obra si la destrozas sin parar?

—No era buena.

—Podría venderse. —Hizo una pausa—. ¿No sería el busto?

—No quiero que nada mediocre salga por esa puerta.

—¿Qué has roto, Miguel?

Miguel ocupó sus labios con el cigarro, acercó el mechero y lo encendió, pero sólo salió una chispa. Repitió el proceso y el temblor de las manos extinguió la llama enseguida. Apretó los puños y maldijo entre dientes. Diana se acercó a él, le quitó el mechero y le dio fuego.

—Julio está a punto de llegar y ya ha pagado por el busto. Si lo has roto… —Se detuvo, no sabía cómo concluir la amenaza.

Miguel sonrió.

—Lo terminé ayer —dijo y con un movimiento de cabeza señaló tras él—. No está mal.

Diana fue al fondo del taller. El tragaluz iluminaba el polvo en suspensión, que brillaba como estrellas en un cielo nocturno. En aquel rincón estaba el auténtico lugar de trabajo de Miguel. Las herramientas, martillos, cinceles, lijas y espátulas descansaban impolutas y ordenadas sobre una mesita. Al lado, sobre una columna de escayola, había un busto de mármol. En la primera impresión, Diana creyó que era la cabeza cercenada de Julio, pero un vistazo detallado reveló el color calcáreo de la piedra. Las vetas de la roca coincidían con las arrugas del hombre, la luz se derramaba por sus ojos dotándolos de profundidad y vida, y el rostro, congelado en un gesto de desprecio, parecía a punto de soltar una innecesaria y no bienvenida crítica acerca de cualquier asunto que no fuera de su incumbencia. Diana refrenó el impulso de pellizcarle la mejilla para asegurarse de que no era de carne y hueso. En vez de eso, se encorvó hasta colocar nariz con nariz. Aquel busto era mucho más que la simple representación de un hombre. La mueca torcida que era su boca mostraba, sin atisbo de duda, la arrogancia con la que Julio escupía cada palabra. En los pómulos, altos y contorneados, se distinguía cincelada la vida acomodada. A través de las diminutas pupilas, que eran apenas un relieve casi imperceptible en los ojos, se distinguía el destello de sadismo y confianza que tienen aquellos que nunca han tenido que contar el dinero de su bolsillo. No, aquel busto no era la representación exacta del rostro de Julio y, sin embargo, lo mostraba mejor que ninguna otra imagen porque, a golpe de escarpia y martillo, Miguel había arrancado de él la máscara que todos llevamos.

Fue al dejar de examinar el busto cuando Diana descubrió la otra joya del taller. El bloque de mármol se elevaba monolítico en un rincón. Pese a la tenue iluminación del lugar, la roca centelleaba como si estuviera ardiendo por dentro. Sus paredes lisas mostraban destellos de plata y remolinos de plomo bruñido. Era como si un mar de tormenta, con sus crestas salpicadas de blanca espuma, sus valles de oscuridad total y la ira de los rayos contra sus aguas, hubiera sido confinado en esa piedra. Inmóvil. Encadenado junto a toda su furia en el mundo de lo físico. Diana se acercó al monolito maravillada con la hermosura de la piedra. Colocó una mano en la lisa superficie y su frío tacto la devolvió a la realidad. La roca medía dos metros de alto por uno de ancho y debía costar un dineral.

—¿Cuánto te ha costado? —dijo volviéndose a Miguel.

—Es hermosa. ¿A qué sí? —Miguel hablaba a viva voz desde su escritorio, sin mirarla, como si su cigarro fuera mucho más importante que su representante.

—¿Cuánto te ha costado? —insistió.

—¿Se puede poner precio a la belleza?

Diana fue junto a él, como una madre que intenta intimidar a su hijo para que confiese una travesura.

—Por suerte para mí, sí. ¿Pagaste antes el alquiler? —preguntó ella.

—Ya me he retrasado otras veces y nunca ha pasado nada.

—Porque yo me encargo de adelantar tus atrasos para que no te echen.

—Para eso te pago.

—No me pagas para que sea tu banco.

—Pero vives de mi trabajo, y sin materia prima —señaló al bloque de mármol con el cigarro— no puedo trabajar.

Diana se relajó. Aquel monolito, por caro que fuese, en manos de un escultor mediocre podría venderse por diez veces su precio. Cuando Miguel acabara con él, lo vendería por treinta veces su valor y, gracias al carácter compulsivo de Miguel, la obra no tardaría en estar lista.

—Estás hecho un desastre —dijo Diana y sacudió el polvo del hombro de Miguel como si aquello fuera suficiente para adecentarlo—. Arréglate un poco. Julio está a punto de venir y con suerte podremos recibir otro encargo.

—Ya tengo algo en lo que trabajar.

—Sí, pero Julio siempre paga por adelantado. Así podrías centrarte sólo en tu nuevo proyecto y yo no tendría que venir a molestarte.

Miguel torció la boca en gesto de desaprobación, pero tiró la colilla al suelo y se metió en el baño.

Era una habitación pequeñísima. Apenas un rectángulo de menos de dos metros cuadrados. Tan estrecho que no se podía extender los brazos y tan corto que había que sentarse en el retrete para cerrar la puerta. Miguel entró tropezando con todo lo que había en su interior: un lavamanos, un váter y dos rollos de papel higiénico, suficiente para llenar la estancia. Pegó su cuerpo al lavamanos y cerró la puerta tras hacer varias contorsiones que permitieron el paso de la hoja. Luego, abrió el grifo y metió las manos bajo el chorro. Frotó con fuerza. El agua caía negra y desaparecía en el sumidero dejando un rastro de arenilla. Llenó de agua el cuenco de las manos y la restregó contra su cara. Las gotas perlaban su barba y por su piel grisácea corrían chorretones como los que corren por la pared de una catedral en un día de tormenta. Miguel frotó sus manos con más fuerza. Eran ásperas y duras como piedras pómez y, por mucho que las mojaba y frotaba, no conseguía ablandarlas. En el dorso de la mano derecha había una costra. Una superficie endurecida y resquebrajada, insensible y parcialmente grisácea; una calzada romana que emergía en mitad de la piel. Al frotar para intentar desprenderla, arrancó una tira de dermis y, bajo ella, encontró más piedra.

Golpearon la puerta.

—Que no se te olvide afeitarte —le dijo Diana desde fuera.

Miguel le respondió con un gruñido; untó sus mejillas en espuma de afeitar y cogió la cuchilla. Al acercarla a la piel sintió el acero temblar, indeciso. Soltó la cuchilla en el lavadero y apretó el puño para controlar los temblores; luego, extendió los dedos a la altura de la vista para observar su mano trémula. Cogió de nuevo la cuchilla y la pasó por la mejilla. Una pasada. Dos pasadas. Tres pasadas.

Poco rato después, en vez de barba tenía cuatro pelos que los temblores habían salvado en el cuello, restos de espuma en la barbilla y un corte bajo el pómulo. La sangre caía de éste con lentitud, deslizándose por la piel y palpándola concienzudamente antes de avanzar otro milímetro. Miró Miguel la gota bajar hasta el mentón, donde formó una perla escarlata que se desprendió y rodó por la porcelana del lavamanos hasta desaparecer en el sumidero. Afuera escuchó la voz de Diana, con ese tono agudo y meloso que ponía cuando quería agradar a alguien. Rápidamente, se curó el corte lo mejor que pudo con papel higiénico y salió del baño.

En el taller, Diana le mostraba el busto a Julio. Era un hombre que no destacaba por tamaño ni belleza; sus ropas, aunque de la mejor calidad, no lucían en su percha y se veían horteras y mal combinadas; se movía siempre de un lado al otro como si no se sintiera cómodo en ningún lugar o, mejor dicho, como si le repugnara todo cuanto había a su alrededor. Obviamente, Miguel lo detestaba como detestaba a todos cuantos acudían a su taller con la intención de alimentar su vanidad a golpe de billetera.

—¿No te parece que es un trabajo maravilloso? —inquirió Diana.

Julio daba vueltas alrededor del busto como un perro que busca dónde sentarse, con la mirada fija en la coronilla despoblada de la escultura, idéntica a la suya, y una mueca de incomprensión, como la de un niño que no comprende las sumas con decimales.

—Miguel es un escultor increíble. ¿No te parece? —siguió Diana—. Miguel, explícale cómo trabajas la piedra.

—Le doy forma a golpes —respondió.

Julio se encogió de hombros, plantado frente al busto. Al verlos de perfil se creaba una extraña simetría entre ambos.

—Es un trabajo impresionante —dijo Diana.

—No estoy nada impresionado —contestó Julio—. Tiene la cara rara, es fea.

—Eres tú —espetó Miguel.

—¡Yo no soy feo!

—Claro que no —dijo Diana—. Nadie ha dicho eso. Es normal que te sea extraño verte a ti mismo en la piedra. Es como cuando te cortas el pelo, hay un período de transición antes de acostumbrarte.

—No quiero acostumbrarme a ver una cara fea.

—Ya deberías estarlo —musitó Miguel.

Julio se giró hacia él, pero Diana lo interrumpió:

—Lo que sientes es totalmente normal. A todos nos resulta extraño vernos en fotografías o en vídeos, por ejemplo. Tal vez necesitas un tiempo para hacerte con la obra.

—Pero este no soy yo. No se parece en nada a mí. ¡Míralo! Esa barbilla como de punta, la cabeza así redonda, esa expresión de… de mala gente. ¡Joder, si parece mi padre!

—Es normal que te parezcas a tu padre —dijo Miguel.

—¡Yo no soy mi padre!

—Tienes razón, Julio —apuntó Diana—, pero no te preocupes, dinos cuál es el problema y Miguel lo arreglará.

—Es todo —respondió agitando los brazos alrededor del busto—. Debería ser como yo, como un rey, ya sabes, con eso que tienen los reyes… ¡Cómo un león! Cuando miro esto, no veo un león, sino a un buitre.

—Avisadme cuando terminéis de decir tonterías —dijo Miguel antes de retirarse a su escritorio. Cogió el sobre de tabaco Sunrise y notó el temblor de las manos acrecentado. Las tenía cubiertas de nuevo de un polvo grisáceo, como si las hubiera hundido en cemento, y la costra del dorso derecho parecía haber crecido. Instintivamente, se rascó el corte de la cara y lo notó arenoso, entumecido, petrificado.

A su espalda continuaba la discusión.

—Necesitamos que seas más explícito —dijo Diana—. Queremos que quede a tu gusto, pero antes tenemos que entenderte bien.

—Vale, deja que te ponga un ejemplo. Tengo un amigo, Pablo, al que le han hecho un cuadro increíble. Es enorme, lleno de colores y sombras y luces. Es él, de cuerpo entero, imponente, gigantesco. Cuando entras en su casa, te lo encuentras de frente y piensas: ¡Guau! —alzó un dedo para enfatizar—. Eso quiero. Quiero poner mi escultura en la entrada, que las visitas la vean y piensen: «¡Joder!»

—Ya te entiendo —expuso Diana con su mejor voz falsa.

—El cuadro de Pablo hace que la gente se quede delante mirándolo como en un museo. Lo admiran. Yo quiero lo mismo. Quiero que la gente admire mi escultura como si estuviera en un museo. —Señaló el busto—. Esto no parece la escultura de un museo, parece una de esas cosas feas de las iglesias. ¿Cómo se llaman?

—Una gárgola —gritó Miguel desde el escritorio.

—¡Eso, una gárgola! Yo no quiero ser una gárgola, quiero ser una de esas esculturas antiguas que la gente admira.

—Claro que sí —dijo Diana y con un gesto lo invitó a ir a la puerta—. No te preocupes, Miguel arreglará el busto para que sea totalmente helenístico.

—¿El busto? No, ya no lo quiero.

—Pero ya has pagado por él.

—Os lo regalo. Ponerlo por aquí para que la gente sepa que tenéis clientes importantes. —Julio señaló el monolito de mármol—. Yo quiero una escultura de cuerpo entero.

Miguel saltó de la silla como si le hubieran mordido el culo.

—Claro, ningún problema, pero el precio… —comentó Diana.

—Eso no es un problema.

—Ni hablar —intervino Miguel plantándose entre Julio y la roca—. No está en venta.

—Podemos encargar otra pieza —dijo Diana—. No tiene que ser esta.

—No, no, tiene que ser esta. ¡Mírala! ¿Acaso no es “guau”?

—Por eso no quiero malgastarla —espetó Miguel.

—Lo que quiere decir —dijo Diana—, es que buscaremos una más acorde al encargo. Esta no es adecuada por el color y la textura.

—No te molestes, me gusta esta.

—Ni hablar —insistió Miguel.

—Lo que quiere decir…

—Ya sé lo que quiere decir —interrumpió Julio—. No soy tonto, sé cómo funciona el mundo, así que no perdamos más el tiempo. —Sacó un talonario y arrancó un cheque en blanco que tendió a Diana—. Piensa una cantidad y, luego, dóblala. Seguro que es suficiente para terminar con esta conversación.

Las matemáticas hicieron que a Diana le temblaran las piernas. Consiguió apaciguar a Miguel el tiempo suficiente para acompañar a Julio a la salida y despedirse cordialmente de él. Luego, entró de nuevo al taller y encontró a Miguel sentado con la espalda contra el monolito, como si, tras un largo paseo por la montaña, se hubiera sentado exhausto a la sombra de un árbol. Graba estaba con él, restregando sus rayas grises y negras contra sus piernas. Diana arrastró una silla y se sentó frente a su representado. Guardó silencio un rato mientras el gato le hacía carantoñas.

—Tenemos que aceptar el encargo —dijo Diana—. ¿Lo sabes?

Miguel la ignoró como si Graba fuera lo único merecedor de su atención.

—Ignórame, compórtate como un niño si eso te hace feliz, pero haz lo que pide.

—¿Qué pasa con lo que yo quiero? ¿Por qué no puedo negarme? ¿Cómo vas a obligarme? —Miguel sostuvo la mirada de Diana unos segundos—. No me da la gana desperdiciar esta joya, y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión.

Diana se encogió de hombros y se levantó de la silla.

—Está bien. Tienes razón, no puedo obligarte. Es más, no quiero obligarte a hacerlo —dijo—. Estoy aquí para ayudarte, porque creo en ti y en lo que haces. Si no estás cómodo, lo mejor será que rechacemos el encargo.

—Gracias.

—Le devolveré el dinero a Julio.

—Hazlo.

—Tendrás que hacerme una transferencia cuanto antes.

—¿Yo por qué?

—El adelanto del busto —dijo Diana fingiendo confusión—. Ya no lo quiere, así que es el adelanto de la estatua. Sin estatua hay que devolver el dinero. Todo.

Miguel guardó silencio. Graba se había acomodado en el suelo y ronroneaba con las patas arriba.

—Lo tienes, ¿no? —preguntó Diana—. El dinero.

—Lo usé para comprar la piedra.

Diana señaló el monolito sobre el que descansaba la espalda de Miguel.

—Sí —confirmó Miguel—, mi piedra.

—La piedra de Julio. Habrá que devolverla para hacer el reembolso. Aunque los gastos de transporte… —Diana hizo una pausa—. ¿Crees que Julio lo entenderá? No parece un tipo muy comprensivo, pero saldremos adelante. Tardaremos algunos meses en devolverlo todo, y más cuando nuestro mejor cliente deje de trabajar con nosotros por haberlo rechazado, pero saldremos adelante. Seguro que sí.

Diana miró su reloj despreocupada. Ni siquiera se fijó en las manecillas, sólo quería ganar tiempo para que sus palabras calaran en Miguel como cala el agua en la tierra seca.

—Será mejor que me vaya —dijo—. Mañana tengo mucho que hacer.

—Lo haré —resopló Miguel.

—Gracias —dijo ella—. Te veré en unos días.

Salió del taller y Miguel se quedó a solas con la piedra y con Graba.

La idea de perder el monolito y que fuera otro artista o, peor aún, un artesano el que la trabajara le horrorizaba. Pensar que terminaría hecha láminas para mesa o cubrir las paredes de un baño; que se convirtiera en un colgador, en un meadero o en la superficie de una cocina una magnífica obra de la naturaleza como aquella, era un crimen. Igual que lo sería convertirla en una escultura de arte moderno, un sinsentido surrealista y carente de alma que cogería polvo en un patético museo bajo las luces de un fluorescente o que se llenaría de mierda de paloma en alguna rotonda. No, nada de aquello le pasaría a aquel magnífico monolito porque su destino sería aún peor.

Miguel apartó a Graba de su regazo y fue al escritorio, de donde sacó un vaso de fideos precocinados. El gordo gato se paseó por el taller agitando un cascabel, que era más un cencerro, y se detuvo frente a la puerta del lavadero para arañar con insistencia el marco con un compás arrítmico y desquiciante.

—Ya voy, ya voy —dijo Miguel, pero no fue. Primero, llenó de agua el vaso de fideos y, luego, lo metió en el microondas oxidado, marcó un minuto a la máxima potencia y, cuando el vaso hubo dado cuatro vueltas y el gato hubo rascado catorce veces, fue a abrir la puerta.

El lavadero era una porción del gran patio de luces. Miguel lo conservaba lleno de trastos. Entre los sacos de runa y tierra, los botes de pintura y los plásticos industriales asomaban los cuernos de una bicicleta estática, las patas de madera de una silla y la barra de una cortina. Graba escaló por el montón de trastos y saltó al patio de luces, donde a aquella hora de la tarde caía la suave luz del ocaso. Una vez se fue, Miguel cerró la puerta y tuvo que encender la luz para poder orientarse en el taller. Del techo colgaban hilos desnudos con varias bombillas incandescentes que él mismo había instalado para no tener que utilizar los fluorescentes. Más que iluminar, rociaban la estancia con un aura cálida y eléctrica, insuficiente para leer o verse las uñas de los pies, pero suficiente para relajarse y trabajar.

El pitido del microondas dio la señal. Abrió el aparato, en cuyo interior se había formado una sauna, y cogió el vaso; le añadió la salsa que se incluía en el paquete y se recostó en el sofá con intención de reposar unos minutos mientras la cena se atemperaba.

Durmió todas las horas que suele dormir un hombre exhausto y cuando despertó, su mano se había petrificado. No toda, pero sí gran parte. El meñique y el anular relucían inmóviles como joyas de mármol, y por el dorso y la muñeca se extendía una arenisca que revelaba bajo ella la misma suerte calcárea. Saltó del sofá directo al baño; esperaba que aquello fuera la mala combinación de una mano dormida y una mente somnolienta. Abrió el grifo y metió la mano bajo un agua que no tardó en calentarse. Lo notó en la piel, pero no en la piedra. Abrió y cerró el puño repetidas veces, pero los dedos de mármol no se movían. Sacó la mano empapada y enrojecida y al ver sus dedos en posición distendida, un grito airado le explotó en el pecho. No podría trabajar sin dedos.

Y con ese pensamiento, los dedos, todos ellos, se flexionaron. Fue algo tan natural que Miguel no se habría dado cuenta si no hubiera tenido la mano frente a él.

El monolito, erguido en mitad del vacío sobre todo lo demás como un rey que observa al populacho desde el balcón, le esperaba cuando salió del baño. Miguel se sintió insignificante frente a él. Las ondas de plata de la piedra resplandecían como si las golpeara el sol del mediodía y los volúmenes negros se deslizaban por la superficie densos como el mar en una noche de luna nueva. Una piedra inmóvil y silenciosa que se movía y susurraba. Si Miguel dejaba de respirar e ignoraba el torpe latido de su corazón, podía escucharla como un grano de arroz rodando por una cantera, retándole.

Miguel pensó en la maravilla que se escondía encerrada en la piedra, y su mano rocosa, con más vida que él mismo, cogió el martillo. Como si no pudiera hacer otra cosa, Miguel tomó la escarpia y la colocó sobre la piedra. Un momento de tensión se apoderó de él. El miedo escénico del primer golpe, la certeza de que una mala cincelada arruina sin remedio la perfección. Se concentró en aquella idea, la visión que estaba oculta tras los kilos de roca protectora, esperando las manos adecuadas para salir a la luz. Lanzó con fuerza el martillo contra la escarpia, el tintineo metálico le sacudió el pecho como el primer trueno de una tormenta, la punta de acero se deslizó por la superficie de mármol y arrancó una viruta centelleante, ni más ni menos de lo que había que retirar. Estaba un paso más cerca de su destino y uno más lejos de la estatua de Julio.

El martillo cayó al suelo.

La mano de Miguel era de mármol hasta la muñeca, una mano rígida con los dedos extendidos. Él ni siquiera se sorprendió al verla así, como si aquella transformación fuera lo más natural que podía suceder llegado a ese punto. Sólo se arrepentía de no poder terminar su obra y del busto de Julio.

Aquel pensamiento cerró su mano en un puño de mármol.

Ahí seguía el maldito busto, en su pedestal de yeso, vigilando todo cuanto hacía. Aquel trabajo repugnante había consumido su tiempo, horas de sudor y esfuerzo para convertir un encargo cualquiera en algo más, todo para nada. Desagradecido, patán, miserable. Miguel colocó el cincel en la pulida frente de Julio. Agitó la mano de mármol, cerrada en un puño a punto de estallar, y de un golpe hundió el cincel en la frente. Las grietas se abrieron por todo el cráneo y convirtieron en unos segundos aquel rostro engreído en un montón de graba.

La mano se abrió liberando toda la tensión. Miguel respiró profundamente, vació los pulmones hasta quedarse vacío, en silencio, inmóvil, petrificado. Entonces, el monolito le susurró, con más claridad de lo que lo había hecho nunca, como el murmullo de la arena deslizándose por la piedra. Miguel lo comprendió y rompió a reír; una risa hueca que le partía el pecho y llenaba su taller. Ahora lo entendía. La mano de mármol recogió el martillo.


Golpeó la persiana por tercera vez, pero, de nuevo, nadie le respondió en el interior. Diana se limpió los nudillos con una toallita de limón antes de revolver el bolso en busca de la copia de la llave. Tal vez Miguel había salido, pero ella no estaba dispuesta a esperarle en la calle bajo el aquel caluroso sol de primavera. Abrió la puerta lateral y entró. En el taller encontró la suciedad de siempre y la luz encendida.

—¿Miguel?

Apagó la luz y escuchó un ruido al fondo, un traqueteo arrítmico. Atravesó el taller decidida, sin percatarse del montón de piedras repartido por el suelo, y abrió la puerta del lavadero. Graba entró de un salto, trotaba alegre con su cencerro al cuello, y con ella entró la luz del día. Fue entonces cuando Diana lo vio.

El monolito había desaparecido. Su lugar ahora lo ocupaba una enorme estatua erguida sobre los cascotes que antes la aprisionaban. La piedra se doblaba y ondulaba con la misma fluidez con la que el agua se amolda a su recipiente y formaba músculos, tendones, piel y arrugas. Los dedos desnudos de los pies se hundían ligeramente en una arena finísima tallada grano a grano en el mismo bloque. Los brazos en posición de acción estaban congelados en mitad de un movimiento, vibrantes. Y el rostro, el rostro era lo mejor de la obra. Los ojos concentrados desprendían pasión y furia, el pelo ondeaba con girones de mármol, y los labios enmarcados en arrugas brillaban como húmedos, entreabiertos, a punto de lanzar un suspiro. Era Miguel, que peleaba con cincel y martillo contra una roca con rostro de mujer.

Diana contempló la obra, atónita. Incapaz de parpadear. Lo único que deseaba era quedarse allí plantada y admirarla, mirarla hasta memorizar cada cincelada, quería ver cómo la luz dibujaba y descubría nuevas formas y volúmenes a medida que avanzaba el día, mirarla tan intensamente que siguiera viéndola cuando cerrara los ojos, mirarla por siempre. Tan perfecta era.