Un cuento para la hoguera


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No leas este cuento

No leas este cuento. Como autor me siento responsable del tiempo que perderás leyendo algo que nunca debió ser escrito. Por eso, una vez advertido, te pido que te detengas y no leas este cuento. Si has llegado a esta cuarta frase supongo que ya no puedo detenerte. Lo que estás a punto de leer es horrible, terrorífico, vomitivo; me avergüenzo de haberlo escrito y lamento no haber podido detenerte.

El precio

La vieja respondió al teléfono y me dijo que ya podía pasar. Entré en el despacho. Muy luminoso. Ventanas grandes. Moqueta blanca. Mucha madera. Mucha planta. El pez gordo estaba sentado detrás de su mesa, el cabrón sonreía. No había nadie más en el despacho, me había hecho esperar por joder. Yo ahí fuera y él estaba en su despacho de mierda jugando al puto solitario en el ordenador. Ni se levantó para saludarme ni yo esperé su invitación para sentarme.

—Lamento la espera, detective —joder, el hijo puta se reía de mí. Era uno de esos tipos, ya sabes. Mofletudo. Pelo pa’ atrás. Mucha gomina. Bien afeitado. Un gordo de esos que siempre sonríen y lo tienen todo bajo control.

—Joder, tienes un despacho horrible —le dije—. Ni un puto sitio del que colgarse para hacerse una buena paja —y así, tal cual, dejó de sonreír. Joder, que mirada me echó. Fue una de esas miradas, ya sabes—. He conocido a tu exmujer. Eres un cabrón muy salido. Muy salido —le dije. Estaba disfrutando del momento. Joder, si lo estaba disfrutando—. ¿Cómo se llama eso? Me lo dijo, me lo dijo y no me acuerdo. Tiene un nombre muy raro. Un nombre raro de la ostia.

—Hipofixilia.

—Eso. Sabía que sonaba como hipopótamo, o hipotenusa, o hiperculpable. ¿De verdá te gusta que te cuelguen? ¿Te pone cachondo? ¿Qué pasó? ¿Jugabais y se fue de madre? Es mejor que confieses, no te eches más mierda encima. ¿De verdá te la pone dura? —estaba lanzado. Lo reconozco—. Dicen que a los ahorcados se les pone tiesa, ¿tiene algo que ver? Lo pasarás en grande en la cárcel. Tendrás muchos sitios de donde colgarte y montones de amigos con los que “jugar”.

—No voy a ir a la cárcel detective. Los hombres como yo no van a la cárcel. Verá, esta historia tiene dos finales posibles. En el primero usted es un héroe, me lleva a juicio, yo contrato los mejores abogados disponibles, invito a cenar a varios jueces y a vacaciones a sus familias y, tras años de litigio, me declaran culpable. Homicidio involuntario, dos años de cárcel y no entro en prisión —ahí fui yo el que dejó de sonreír—. En el segundo final usted es una persona cuerda y acepta mi dinero. Se jubila antes de tiempo y vive a cuerpo de rey en el lugar que prefiera. Playa, montaña, ciudad, lo que quiera. Con un sueldo generoso cada mes, sin preocupaciones y con las narices metidas en un gintónic en vez de en asuntos que no son de su incumbencia —el cabrón sonrió—. ¿Qué será, detective?

Y así fue como llegué aquí. A este rincón donde el clima es amable y el tiempo pasa más despacio. ¿Me juzgas? Serás cabrón. ¿Tú que habrías hecho, joder? ¿Complicarte la vida por nada? ¿Qué habrías conseguido siendo honrado? Ni justicia, ni castigo, ni na’. Yo he hecho que el pez gordo pague por su crimen. Me paga a mí, y seguirá pagando.

 

Roast

No sé cuándo escribí este cuento. La verdad, ni me he molestado en mirarlo porque, ni aún habiéndolo escrito con cinco años podría considerarlo un trabajo digno. Hay un intento burdo de dar personalidad a la voz narradora inundando el texto de palabrotas. Me encantan las palabrotas, disfruto de ellas como el que más, pero aquí son horribles, están mal utilizadas. El detective parece un adolescente que juega a ser gánster en vez de un policía de verdad.

¿En qué estaría pensando? En los nombres de los personajes no, desde luego. No le puse nombre a ninguno. Total, los personajes tópicos, planos y unidimensionales no necesitan nombres. Sí necesitan tics en el lenguaje para escribir mal palabras como nada para, porque el exceso de palabrotas nunca son suficientes para sacarme los colores.  Junto al detective, con un trastorno de personalidad que le hace comportarse como un cani de quince años, hay un empresario al que solo le falta la chistera para venir directo del siglo XVIII. Una puta muerta y una secretaria vieja completan un elenco de personajes inolvidables, porque aparecen en todas partes.

Hay aspectos positivos. El cuento es muy original, no se ha escrito de poderes corruptos y putas muertas en toda la historia de la humanidad. Además, el tema esta tratado con madurez y elegancia. Para nada parece la obra de un criajo emo que vuelca su rabia y frustraciones en una hoja en blanco. ¿Qué decir de las preguntas retóricas al final? ¡Adoro las preguntas retóricas!  Dicen que son un recurso manido y poco original. ¿Qué sabrán ellos? Las preguntas retóricas volverán a estar de moda como pasará con las hombreras, que nunca debieron irse.

¿Qué decir del mejor gag del texto? Confundir hipofixilia con hipopótamo, hipotenusa, hiperculpable… Hiperridículo.

¿Quieres otro cuento?

Seguro que no era lo que esperabas. No te preocupes, estoy acostumbrado a decepcionar, pero antes de condenarme al cajón de los malos escritores dame una segunda oportunidad. Apúntate a mi lista de correo o visita mis otros cuentos.

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