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Parpadeo

No le conocía, pero le esperaba nerviosa frente a la hamburguesería en una fría noche de octubre. Tras varias conversaciones por chat decidieron conocerse. Algo de picar y unas cervezas, aunque ella no bebía cerveza así que pediría un refresco. No era un gran plan, pero era emocionante. Esas citas siempre lo son. Un encuentro entre dos desconocidos que ya se conocen es igual que la mañana de navidad, en la que te levantas emocionada porque te espera tu regalo envuelto en papel brillante. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, tras veinte minutos de conversación que rasgan el envoltorio, el interior resulta estar lleno de papelajos y calcetines desparejados. Aún así, el camino era emocionante y, muy de vez en cuando, la sorpresa no era tan mala.
Héctor, su regalo de esa noche, llegaba quince minutos tarde. Era un mal comienzo e Iris se esperaba un paquete andrajoso envuelto en papel arrugado. Últimamente no filtraba a los idiotas. Le agobiaba tanto estar sola que aceptaba cualquier plan con tal de no estar tirada en la cama pensando en qué cojones hacía con su vida. Iris acumulaba una larga lista de empleos mal pagados, cursos que no llevaban a ningún lado, hombres que resultaban ser imbéciles y largas jornadas en las que no hacía otra cosa que mirar su reflejo en la pantalla del ordenador.
—Hola. —Héctor llegó justo cuando las farolas se encendieron con un parpadeo.
—Hola —dijo Iris, que había decidido no salir corriendo.

***

—¿Sabes que lo que ponen en los refrescos lights es peor que el azúcar? —dijo Héctor. Estaban sentados a la mesa frente a un plato de patatas con queso y beicon, otro de morros grasientos y uno de nachos con salsa picante. Él bebía una jarra de cerveza, ella un refresco cero—. La gente cree que son más sanos —añadió—, pero se equivocan.
—Ya. —Iris había limitado sus respuestas a monosílabos tras diez minutos de conversación.
Héctor sacó el paquete de tabaco y lo dejó en la mesa. Tenía la edad de un hombre, se comportaba como un niño y tenía la apariencia de un adolescente. Su pelo era un cepillo de púas oxidadas y la frente le relucía como un queso sudoroso. En planea cara, la nariz le caía como una vela derretida y tenía incontables pecas alrededor de unos labios gordos como nalgas. Iris tenía muchas dudas con él. Por ejemplo, dudaba de su camiseta; no sabía si la tenía desde los diez años o si era deliberadamente tres tallas más pequeña.
—¿Salimos a fumar? —dijo él.
Iris dudó. En la mesa las patatas se reblandecían por la grasa del beicon y los morros pronto serían un puñado de rocas saladas. Aunque ella no tenía intención de probar nada, ni siquiera los nachos, que en ese momento eran una papilla de masa de trigo y salsa. Finalmente aceptó, pese a odiar el tabaco.
Fuera, una pareja recorría la calle cogida del brazo. A ratos en la luz de las farolas, a ratos en la oscuridad. Bajo los conos de luz, los jóvenes fumadores se apiñaban como pingüinos para combatir el frío. Un tipo comía pipas en un banco y los coches pasaban por la calzada lanzando ríos dorados sobre las fachadas. Era una noche como cualquier otra e Iris pensaba excusas para abandonar la cita. Quería ir a casa, ponerse el pijama y quedarse dormida mirando su reflejo en la pantalla del ordenador.
—Es una mierda que no se pueda fumar en los bares. —El humo escapó de Héctor como si dentro tuviera un incendio.
—Yo lo prefiero así. Antes era horrible.
—Sí, yo también. Ahora puedo ver cuánta birra me queda en la jarra, pero me gustaría estar dentro. Aquí hace mucho frío, joder.
—Vamos dentro —sugirió Iris.
—Deja que me termine el piti.
La pareja pasó bajo una farola, la luz parpadeó y desaparecieron.
—¿Sabías que, en realidad, el tabaco es sano? —dijo Héctor.
—¿Sí?
—Antes se utilizaba como medicina. Laxante, antiinflamatorio, desinfectante. —En el banco sólo quedaban las cascaras de pipas y los parpadeos se sucedían—. También ayuda a la memoria y están investigando una cura del alzhéimer con él.
—Qué bien.
Iris se encogió dentro del abrigo. El rímel se le había congelado y exhalaba con fuerza para calentar la bufanda y sentir el calor en la cara. No muy lejos, vio al otro grupo de fumadores y a uno de los chavales que reía a pleno pulmón. Entonces la farola tintineó y todos desaparecieron.
—Vamos dentro. —Héctor lanzó la colilla y al impactar contra el suelo estalló en un millar de chispas.
Iris miraba el cono de luz en el que no había nada salvo los reflejos del otoño. La calle había sido invadida por un silencio helado. Héctor la cogió de la cintura y la empujó hacia el bar. Ella se detuvo aterrada.
—¿Qué pasa? —dijo Héctor—. Venga, tengo hambre.
Frente a ella los ventanales de la hamburguesería eran dos ojos luminosos en los que brillaba una multitud. Iris vio su reflejo en el cristal, sobre la imagen de toda aquella gente a la que no conocía de nada. Las luces incandescentes los bañaban como un río de miel y oro; entonces tintinearon y todos desaparecieron.

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