Un cuento que da dolor de cabeza


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Un escritor se equiboca

Como escritor soy muy ordenado. Organizo lo que escribo por fechas, temáticas y recorrido. Entre todas esas carpetas hay una en la que nunca miro. La carpeta se llama “basura” y apesta a letras en descomposición, a soberbia, a ignorancia, a falta de esfuerzo, a autocomplacencia, a ideas huecas y a aires de grandeza. En ella acaban todas las palabras juntadas sin gracia, esos conceptos que no sirven ni para ser detritus. Esas historias que volaron sin vergüenza y que debí abatir a tiros antes de que llegaran a cualquier lugar. Este cuento es uno de ellos. El relato de una mujer con dolor de cabeza.

Crónico

Todavía oigo el tic-tac del despertador a punto de sonar. Es un despertador digital pero hace tic-tac, no sé por qué. Todos lo hacen. Tic-tac. No pude dormir en toda la noche esperando la alarma. ¿Cómo iba a hacerlo con ese escándalo? Malditos despertadores digitales. Lo habría apagado, pero no quería perderme de nuevo la cita con el neurólogo. Además, incluso apagado hace ruido.

Perder la cita con el médico o la médico es horrible. Encima eres tú la culpable. Media vida rebotando de consulta en consulta, compartiendo los últimos instantes de vida de una cuadrilla de viejos que tratan a los doctores como a sus nietos, que huelen a sopa de sobre, que juegan a ver quien está peor, que cacarean los chismorreos del barrio, que hablan y hablan sin parar. Sin parar nunca, como los relojes digitales.

Dios, qué dolor de cabeza.

Dicen que los hospitales y las consultas están pintados en colores que relajan, pero no es verdad. Tengo la frente pegada a un poster del cerebro humano; es lo único en esta consulta que puedo mirar porque el resto de la habitación resplandece. Todo es tan blanco y pulcro que la luz de la ventana rebota en cada rincón. Me siento como una polilla atrapada en una lámpara, como un cervatillo delante de las largas de un camión, como… como… Dios, qué dolor de cabeza.

—¿Cómo van esos dolores de cabeza?

—Hay demasiada luz —digo.

—¿Procuras hacer una vida normal?

Una vida normal, sí. Bajo tres mantas para huir de la luz, del sonido y del mundo. Tomando pastillas como lacasitos y deseando que alguien me rompa una pierna para olvidarme del dolor de cabeza.

—Sí, pero la medicación me atonta, me atonta mucho.

—Tienes que acostumbrarte.

—¿Acostumbrarme a estar tonta?

El doctor se atusa el pelo y veo sus dientes resplandecer cuando sonríe. Es moreno y ancho. Una mancha marrón en un entorno blanquísimo, como una cebra de una sola raya. Dios, que dolor de cabeza. No puedo mirarle sin que la luz que entra por su espalda me ciegue. Me entra por los ojos como un taladro que me araña las sienes, como si me metieran una manguera por la nuca para hacerme estallar la cabeza con la presión del agua.

—¿Sigues la dieta que te prescribí?

—¿Puede cerrar la persiana?

El doctor es sólo una mancha negra en mitad de una explosión de luz. Por eso los y las pacientes con migraña prefieren a sus neurólogos o neurólogas rubios o rubias, porque desaparecen en la luz. Con su pelo brillante y su piel pálida se difuminan en la nada y entonces hablas directamente con la luz y con nadie más. Hablas con los ojos cerrados y la cabeza ladeada y suplicas una pastilla más fuerte, un jarabe o un supositorio. Cualquier cosa que calle los tambores de tu cabeza, algo que te permita relajar la mandíbula, una ayuda para dormir ocho horas seguidas.

—Parece que todo está en orden. Recuerda seguir con la medicación, comida sana y nada de alcohol.

Nada de alcohol. Nada de alcohol salvo cuando llevo tantos días sin dormir que no sé si es jueves o martes, entonces bebo lo suficiente como para tumbar a un universitario y consigo dormir. La mañana siguiente tengo una resaca de mil domingos, pero al menos he estado seis horas sin dolor de cabeza.

—Le espero en la próxima cita.

El doctor sacude el brazo para sacar un reloj de la manga. Lo mira indiferente invitándome a salir. Ahí está el tic-tac que vuela por la habitación como una bala perdida hasta incrustarse en mi cabeza. Un reloj, un reloj digital con el tic-tac más odioso que podría imaginar. El doctor lo agita como un termómetro y lo esconde en la manga, pero el tic-tac sigue y sigue, con la luz y la mancha. Dios, qué dolor de cabeza.

—Procure no llegar tarde.

—¿De qué servirá? —digo.

Un cuento que da dolor de cabeza

La protagonista está obsesionada con los gerundios y los relojes digitales que hacen tic tac, también con un doctor demasiado moreno, con el exceso de luz y con las paredes blancas. Quizás si no fuera la reina del drama no le dolería tanto la cabeza. La decisión de usarla como narradora es jodidamente acertada, es la mejor manera de sufrir durante interminables líneas las quejas de Miss Pupas, la niñata madura a lo que todo le molesta. Si hubiera una escena en la que se pone a llorar sin motivo o arremetiera con un sermón infantiloide el retrato de la loca del coño estaría completo. El personaje es, sin duda, lo mejor del cuento. Es imposible no poner los ojos en blanco cada vez que dice una gilipollez.

El cuento busca un tono irónico, tal vez cómico, pero incorpora buenísmos de moral contemporánea. Me llama la atención que utilice lenguaje incluso cuando hablo de doctores y doctoras, puede que fuera un cuento de concurso y formara parte de las bases. Lo que no tiene perdón es la negativa del personaje a tomar drogas para mejorar. ¿Desde cuándo las drogas y el sexo no son la respuesta a todos los problemas de la vida? Desde luego en este cuento no lo es. y queda patente en su moraleja final que cae en el derrotismo. La verdad, debería escribir más de suicidas y menos de llorones.

En el fondo, el cuento no es más que dos personajes diciendo tonterías. Una excusa para usar figuras retoricas mal contextualizadas y sin ningún atractivo. Si las figuras retóricas buenas de este cuento fueran las rayas negras de una cebra, tendría un caballo blanco. Pero el colmo se lo lleva la trama, que avanza recta como una flecha a ninguna parte. No hay giros, ni sorpresas. Como si un dolor de cabeza fuera suficiente para captar la atención del lector.

Lo he leído varías veces para poder criticarlo bien, pero es tan insulso y vacío de contenido y la forma tan pobre, que ni vale la pena seguir con estas líneas. Eso sí, gracias a este cuento tengo ideas para nuevas historias. Pienso en un protagonista con dolor de tripa e hilarantes onomatopeyas de pedos.

 

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