El cambio de paradigma en la comunicación


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Una ventana al mundo

El paradigma clásico de comunicación mostraba una corriente de información unidireccional que iba de los emisores (medios de comunicación) a la audiencia. Este modelo contaba con un pequeño retorno en forma de cartas al lector, en los periódicos, o en la medición de audiencias, en radio y televisión. En cualquier caso, la norma era cocinar el contenido en platós, estudios y salas de prensa y después distribuirlo a una audiencia “pasiva” que esperaba su consumo. Como era de esperar, cadenas, periódicos y radios adoptaron una línea editorial con el fin de repartirse la audiencia y ocupar diferentes nichos de mercado segmentados por ideología.

Este modelo se mantuvo durante décadas. Cuando se inventó Internet, los grandes medios de comunicación estaban concentrados en manos de grandes corporaciones. Muchas de las cuales tenían y tienen emisores que ocupan espectros ideológicos contrarios. A fin de cuentas, la información es otra mercancía y no hay motivo para conformarse con la mitad del mercado. Ya se le veía las orejas al lobo y estaba claro que lo que contaban todos los canales estaba medido para no perjudicar a los anunciantes ni a los accionistas. Quien paga manda, es natural.

Poco a poco los ordenadores entraron en las casas, después se conectaron entre ellos y por el teléfono llegó Internet, tarifa plana de seis de la tarde a las tantas de la madrugada. Al principio fuimos precavidos. Luego empezamos a conocerlo, nos acostumbramos a él y le perdimos el miedo. De repente pasamos a tener un ordenador en el bolsillo, a estar conectados con el mundo las veinticuatro horas. Creamos una ventana para acceder el grueso de la cultura y el conocimiento de la historia de la humanidad y creímos que ya no podrían engañarnos, que todo ese conocimiento nos haría libres y que crearíamos un mundo más justo y mejor.

Qué equivocados estábamos.

Catedrales ideológicas

En el nuevo paradigma de la comunicación cada uno de nosotros se convirtió en emisor y receptor. Al mismo tiempo, los medios tradicionales, hasta entonces emisores, también se convirtieron en receptores. Todos salimos ganando. Los medios de comunicación y las marcas obtuvieron una muestra inmensa de la que recopilar información. Dijeron que para ofrecer al público aquello que quería. Nosotros obtuvimos el derecho a alzar la voz, a compartir nuestras creaciones, nuestro conocimiento y nuestras ideas; también a señalar y desmentir los bulos y las noticias inexactas. Democratizamos el conocimiento, llevamos la res publica a otro nivel.

El problema fue que dejamos de ser receptores porque se nos permitía escoger y filtrar con una eficacia que los regímenes autoritarios sólo pudieron soñar. En este nuevo mundo de oferta infinita había opiniones que nos molestaban, por ofensivas o por cuestionar nuestras ideas, y opiniones que reforzaban los pilares de nuestra ideología. Tuvimos que escoger y lo hicimos.  Expulsamos a los disidentes de nuestra agenda setting y con nuestros aliados ideológicos construimos una catedral de recta moral. Después nos refugiamos en su interior para escuchar únicamente el eco de nuestros pensamientos.

Nos volvimos impermeables. No sólo a la crítica sino a cualquier opinión que se desviara mínimamente de lo que resonara en nuestra cámara de eco. Grabamos nuestros dogmas en los muros de la catedral y expulsamos de ella cualquier disidente. No fue sólo a aquellos que se oponían frontalmente a nuestra ideología, también a los compañeros que discrepaban en algún punto, y así llevamos la dictadura de la mayoría a otro nivel. El dialogo se extinguió. Sólo había una palabra y dos posiciones, con ella o contra ella.

Resulta curioso que dentro de cada catedral el paradigma de comunicación actual es similar al clásico. Existen emisores de gran influencia que actualizan las opiniones y definen la agenda seting, sus voces son un eco unidireccional coreado por los fieles. Por las puertas sagradas no entra ninguna idea subversiva. Las opiniones contrarias solo se exponen para denotar la maldad de los otros y organizar cruzadas que quemen otros templos y traigan nuevos aliados.

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La victoria del totalitarismo

La res publica se ha polarizado. No hay diálogo entre ideas contrapuestas, sólo enfrentamiento. El consenso ya no es un objetivo. Ahora perseguimos la victoria mediante la destrucción del contrario. Cada catedral es poseedora de la moral verdadera y su mundo feliz se instaurará cuando todo el rebaño esté bajo su techo. La mentira y las falacias ya no dinamitan los argumentos. Ahora la veracidad se mide por el eco de las palabras.

Los agentes del nuevo orden somos nosotros. No sólo nos creemos la propaganda, también la propagamos sin dudar de que hacemos lo correcto. Organizamos linchamientos públicos para censurar en pos de la dignidad, el buen gusto y la justicia social. Una justicia social que en vez de tener los ojos vendados, tiene anteojeras; que blande la espada que no tiembla en las decapitaciones y que ha sustituido la balanza por un megáfono para difundir la nueva verdad absoluta.

 

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